La renovación del compromiso misionero por medio del Pacto de las Catacumbas

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Las Catacumbas, un tesoro escondido de la fe

La historia de las Catacumbas en Roma da testimonio de como las primeras generaciones de cristianos, siendo uno de los grupos marginados y oprimidos de su tiempo, tuvieron que encontrar lugares fuera de la ciudad para enterrar a sus muertos; muchos de los cuales eran mártires. La cercanía a los mártires ayudó a los cristianos a nutrir su fe, a ser fieles en el tiempo de las persecuciones y a profundizar su compromiso en el seguimiento de Jesús. Por tanto, las Catacumbas se convirtieron en un testigo de aquel momento humilde y pobre de la Iglesia; una Iglesia de la gente sencilla y de los marginados; una Iglesia que conoce el sufrimiento; una Iglesia pobre que sirve a los pobres.

La llamada a vivir el espíritu de las Catacumbas puede ser el camino para que la Iglesia permanezca fiel a su Maestro y al Evangelio. En su homilía durante la misa en las Catacumbas de Domitila, el 12 de septiembre de 1965, antes de volver a convocar la última sesión del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI dijo: «El Señor nos da una lección de renuncia, de simplicidad en nuestras necesidades y gustos; una lección de pobreza en el sentido moral y religioso de esta palabra evangélica tan fuerte y profunda… Esta lección encuentra su escuela, su cátedra, su confirmación aquí en las Catacumbas».

El Pacto de las Catacumbas, un documento olvidado

Aproximadamente dos meses después de la histórica visita de Pablo VI a las Catacumbas de Domitila, el 16 de noviembre de 1965, cuarenta obispos de todo el mundo celebraron en dicho lugar la Eucaristía y firmaron un documento en el que expresaron sus compromisos personales y como obispos a los ideales del Concilio. Ese documento recibió el sugerente título de «El Pacto de las Catacumbas». El texto completo fue transcrito en las Crónicas del Concilio Vaticano II por el obispo franciscano Boaventura Kloppenburg, quien le puso como título: «El Pacto del Siervo y la Iglesia Pobre».

Los obispos se comprometieron, en trece puntos, a una vida sencilla, a procurar vivir «según el modo ordinario de nuestra población; en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se desprende»; a renunciar a los privilegios, títulos y símbolos de poder y grandeza, a confiar la administración de los bienes temporales de la diócesis a laicos competentes. Aunque en el último párrafo del Pacto, los obispos se comprometieron a dar a conocer las resoluciones del Pacto al clero y los fieles de sus diócesis, el hecho es que el Pacto no se ha propagado ampliamente. A pesar de que no fue un acto secreto, el Pacto quedó en el olvido. Como documento, el Pacto se olvidó; pero como una fuente de inspiración sigue vivo, al menos para algunos de los obispos firmantes. Algunos de los obispos como Helder Camara, Luigi Bettazzi y Enrique Angelelli tomaron medidas concretas para llevar a la Iglesia más cerca del mundo de los pobres y los marginados. Ellos no hablaron mucho sobre el documento que firmaron, pero pusieron en práctica su contenido en el modo en que ellos vivieron y sirvieron al pueblo.

La celebración del vigésimo aniversario del Pacto de las Catacumbas

En el mes de enero de 2009, comenzamos oficialmente nuestra misión en las Catacumbas de Domitila. Sin embargo, ha sido solamente en estos últimos años que, gradualmente, hemos tenido información sobre el Pacto de las Catacumbas; esta ha salido a la luz por medio de los cohermanos y los empleados que trabajan allí. Parte del importante material fue facilitado por el teólogo brasileño José Oscar Beozzo. Decidimos utilizar el vigésimo aniversario del Pacto de las Catacumbas como una plataforma para promoverlo y para desvelar su contenido como fuente de inspiración para la vida y la misión de la Iglesia hoy. En el primer número de la publicación anual de la SVD, «En Palabras y Obras» (2013), por primera vez, dimos a conocer a toda la Congregación el Pacto de las Catacumbas; lo presentamos como uno de los cuatro ejemplos que contienen el espíritu del Concilio Vaticano II. Desde entonces, hemos planificado, y puesto en práctica, una serie de actividades relacionadas con dicho Pacto. ¿Por qué le estamos dando tanta atención al Pacto de las Catacumbas? ¿Por qué se están organizando tantas actividades? Queremos ayudar a las personas que acuden a las Catacumbas de Domitila a ponerse en contacto con el testimonio de las primeras generaciones de cristianos; queremos que se inspiren en esas generaciones para dar testimonio de su fe como cristianos hoy. En el Pacto de las Catacumbas encontramos hoy otra fuente de inspiración para vivir verdaderamente como cristianos. Esta fuente pertenece a toda la Iglesia y tiene que darse a conocer a todos los cristianos.

Lo que fue firmado en forma de resolución de los obispos hace cinco décadas, sigue siendo válido para todos los seguidores de Jesús, llamados a ser solidarios con los pobres y los marginados. La sencillez de la vida y la transparencia de las estructuras, enfatizadas por los obispos, siguen siendo un modo de ser creíble para todos aquellos que están involucrados en la tarea evangelizadora de la Iglesia de hoy. En medio de los retos a los que se enfrenta la sociedad hoy- los refugiados y los migrantes, los conflictos entre religiones y grupos étnicos, el desempleo en aumento entre la generación joven, la corrupción perpetuada por los poderosos políticos y la explotación de la naturaleza-, es imperativo que la tarea de la evangelización tome el camino de la solidaridad, esto es, compartir los recursos con los más necesitados y defender los derechos de los más débiles.

Una Iglesia pobre al servicio a los pobres, por muy idealista y utópico que esto pueda parecer, sigue siendo para nosotros la auténtica llamada del Evangelio. Esta llamada no está reservada a los obispos firmantes. También en nuestra propia Congregación, tenemos cohermanos que toman iniciativas para estar cerca de los pobres; que comparten sus vidas con los que están en los márgenes de la sociedad; cohermanos que trabajan en lugares remotos, carentes de muchas comodidades y, en muchos casos, rechazados por los demás; que facilitan la construcción de instalaciones educativas y empoderan a las personas mediante la creación de cooperativas, etc. En los contextos urbanos, nuestros cohermanos abren sus corazones y casas para ayudar a los inmigrantes y los refugiados o para acompañar a las personas con VIH / SIDA. En los últimos años, los asuntos del medio ambiente relacionados a la industria de la minería y la lucha contra la trata de personas se han convertido en importantes preocupaciones de muchas personas a las que servimos y, por lo tanto, estos asuntos captaron la atención de los miembros de nuestra Congregación que están haciendo algo al respecto.

Con el fin de renovar aún más nuestro compromiso misionero a la luz del Pacto de las Catacumbas, queremos proponer los siguientes tres puntos. El primero es escuchar la voz profética de los pobres. Con las resoluciones del Pacto, los obispos no sólo enfatizan la importancia de salir al encuentro de los pobres y los marginados, sino que también al mismo tiempo, subrayan la necesidad de tomar en serio a los pobres como evangelizadores. Los pobres tienen una misión, un mensaje para compartir con los demás. Ellos no son solo los receptores silenciosos de nuestra proclamación de la Buena Nueva y objetos de nuestras obras de caridad. Tal y como lo declaró el Consejo Mundial de las Iglesias en el 2012, «la misión es no sólo el movimiento del centro a los márgenes, sino también de los márgenes al centro» ¿Dónde están los pobres, los últimos, en nuestra vida y misión? Repetimos la pregunta que hemos planteado ya varias veces y en diferentes ocasiones: «¿Cómo podemos dar a los pobres la oportunidad de ser los formadores de nuestros cohermanos más jóvenes?».
El segundo punto que queremos proponer es aprender que las apariencias externas simples son una expresión de la simplicidad del espíritu. Los obispos se comprometieron a ajustar su vida al modo como vive la gente común en términos de vivienda, alimentos y medios de transporte. Ellos estaban dispuestos a renunciar también a símbolos de poder y títulos que conllevan privilegios y superioridad. La apariencia externa es muy importante, pero esta sólo puede servir a la tarea evangelizadora de la Iglesia si procede de la simplicidad del corazón y el espíritu. Muchos de nosotros somos de culturas, o estamos trabajando en algunas de ellas, que valoran altamente la presencia del religioso y aún más la de los sacerdotes. Sin embargo, en una misión que sirve al pueblo de Dios tenemos que estar atentos para no hacer mal uso del aprecio que la gente nos tiene con el fin de no utilizarlo para nuestros propios beneficios; tampoco debemos utilizar nuestra posición o cargo como excusa para no ser responsables ni rendir cuentas de lo que pensamos, decimos y hacemos.

En tercer lugar, proponemos aceptar la necesidad de tener la habilidad y el espíritu de colaboración. Los obispos del Pacto de las Catacumbas eran muy conscientes de la urgencia y la necesidad de colaborar con otros obispos, así como con su clero, los religiosos, los laicos y todas las personas de buena voluntad. A menudo experimentamos la colaboración como un obstáculo para la eficacia en nuestro trabajo. La decisión de una sola persona es mucho más fácil de tomar y de poner en práctica. Sin embargo, esa clase de decisiones están destinadas a depender de una sola persona. La misión no solo es acerca de la efectividad en la implementación de proyectos, sino también acerca de la educación, la formación y el empoderamiento de otros para que participen activamente en ella. La colaboración, incluso si ésta supone tener mucha paciencia, comprensión y compromiso, permite a otros y otras sentirse parte de toda la misión con la responsabilidad que ello conlleva.

El Pacto de las Catacumbas se redactó hace cincuenta años. No sólo estamos orgullos como Congregación debido a que el lugar donde se firmó este pacto histórico está bajo nuestra administración, sino que también nos sentimos bendecidos de ser instrumentos para anunciar a la Iglesia que el espíritu del Pacto de las Catacumbas sigue siendo válido para todos nosotros hoy. Como Misioneros del Verbo Divino seguimos aceptando nuestro llamado de poner en primer lugar a los últimos y de dejarnos guiar por el espíritu del Pacto de las Catacumbas. Individualmente, y como comunidades, leemos y reflexionamos cómo el Pacto puede seguir siendo una fuente de inspiración en nuestra misión.

 

El Pacto de las Catacumbas (Domitilla)

Por una iglesia pobre y servidora

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech. 3, 6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc., a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10, 8; Hech. 6, 1-7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6, 2-4;
Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.
Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s;
20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:

* A compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
* A pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en
Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio.
Así,

* Nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
* Buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
* Procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
* Nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1Tim 3, 8-10.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles

Tomado de www.sedosmission.org

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